27 septiembre 2011

Sola en casa



¿Hay algo mejor que pasar un día sola? Ojo, sólo un día porque, al menos yo, soy re dependiente. Sí, lo asumo, no es que sea caprichosa pero… capaz necesito algo de algún lugar dónde yo no puedo ir a buscarlo y quiero que esté él. ¿Dije quiero? Perdón, necesito.
En fin, cuando me quedo completamente sola aprovecho para hacer cosas que en público me darían vergüenza. No hablo de darle una ojeada al Kamasutra, que con solo saber que está en mi biblioteca me da pudor. Y la verdad verdadera es que no sé de donde salió. Hablo de cosas más profundas, más arraigadas en nuestro ser, por ejemplo, jugar al programa de cocina.

Eso de ser Maru Botana o Doña Petrona (o quién se les ocurra de acuerdo a la época cronológica de cada cuál) es algo que llevo adentro de chica. Este finde lo hice. Tenía que cocinar unos fideos con salsa así que agarré cuanta compotera tenía a mano y puse los tomates en una, la carne en otra, el orégano, las cebollas, cada uno de los ingredientes en un recipiente distinto. Después revolví toda la casa a ver dónde tenía un maldito delantal de cocina. Me di cuenta que no tengo así que tendré que comprármelo próximamente, para suplirlo me puse un cinto y me colgué dos repasadores de la cintura. Ya sé, una ridícula total, pero mi intención era ser cocinera no la condesa de “Chicof” (Cómo suena). Cuchara de madera en mano, luz, cámara, ¡acción!.

¡Qué felicidad Dios mío!, me veía en el reflejo de la ventana y decía “Sí la cámara me toma vemos el punto exacto de espesor de la salsa” o de vez en cuando acotaba “Ahora incorporamos el orégano”. Es sumamente importante la palabra incorporamos. También utilicé a más no poder mi frase preferida “Mientras María me alcanza los tomates continuamos amalgamando las cebollas y la carne picada magra”. ¿Amalgamando? ¿magra?, palabras que obviamente no están dentro de mi vocabulario, creo que la única vez que estuve cerca de decir “amalgamando” fue con la banda de Fede Cufre y Rolly Ullua, después ni ahí. Ni hablar de “magra”.
Cuestión, cuchara va, cámara viene, también hice publicidades con los productos que tenía a mano. Pero me di cuenta que se me mezclaban con el rubro futbolístico porque me salía “Tomé cerveza, tome Quilmes el sabor del encuentro” o sino “Probaste el chiquito, ahora probá el grandote, Alfajores Jorgito doble y triple sabor” con voz de Fantino extra rápido.
De a poco el encanto se empezó a perder, sobre todo cuando me di cuenta que no podía decir “Bueno lo dejamos acá que tengo otro preparado” y mi programa casero sufrió extensión horaria por la espera de cocción de los fideos. Me senté a mirar tv un rato y me olvidé de los fideos que se me pegotearon. ¡Porque no tengo ninguna María que me ayude en la cocina!. Mi fantasía televisiva de derrumbó. Cuestión me comí la salsa sola con pan y de la olla, de la rabia que me había dado que por hacer esta pavada tenía todo lo inherente a la cocina, ya sean ollas, platos, posillos, cubiertos, compoteras, sucios con diferentes ingredientes.
A la hora llegó Gabriel y cómo si hubiera adivinado, al verme en esa imagen, que de sexy no tenía nada (acuérdense que tenía el delantal colgando de un cinto, vale aclarar que el cinturón era dorado), acotó riéndose a carcajadas “¿Qué pasó amor, no tenías raiting?”. Me abrazó y me dijo “Tengo un regalo para vos” y sacó un Kinder Bueno del bolsillo del pantalón. ¿No es un amor?.

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