Actualmente
los jóvenes ya no usan tanto casarse, no es que se haya perdido la costumbre,
el valor o lo que fuere, sino que lo hacen pero como segundo paso, digamos.
Antes las parejas primero se comprometían, luego se casaban y luego se iban a
vivir juntas. Ahora pasa todo al revés. Primero te vas a vivir con tu novio,
después te comprometes y después te casas. Pensando en esto me encontré esta
mañana cuando con Gabriel fuimos a hacer compras para nuestra nueva casa. Hace
relativamente poco que estamos de novio y en este mes nos vamos a vivir juntos.
Mi
abuela casi se infarta y me dijo que ella pasó dos años de novio con mi abuelo
por carta antes de que él le pidiera la mano a su padre. Pero también después
me dijo “si hubiera tenido Feibu y todo
eso olvidate que lo espero” y de golpe me sentí que quería volver a las
viejas épocas. La abuela está corrompida por la modernización.
Mientras
caminábamos por las góndolas viendo termo tanques le conté a Gabriel de mi
sensación y todo esto que venía pensando. Una vez más, gracias a Dios por el
hombre que me dio, él y su sensibilidad salieron disparados de su lengua. Frenó,
me miró y me dijo “Comprar un termo
tanque es como comprometernos mas o menos”.
La
verdad que no quise indagar mucho más en su reflexión, no sé si lo dijo por el precio,
por el lío en la elección o qué. Pero en un punto me pareció adecuado, respeto
el matrimonio y mi Susanita interior grita desbocada “¡¡¡VESTIDO BLANCO HASTA
EL PISO COMO PINCESA!!!”. Pero también es real que juntarse, aglutinarse,
amontonarse, concubinarse, mudarse juntos o como se le quiera decir, es tomar
una responsabilidad respecto de la pareja, asumirla y concretarla. Igual de
valida y profunda que con la papeleta del matrimonio.